Bioeconomía: el potencial de una nueva matriz productiva

La conversación sobre el futuro del agro ya no gira solo en torno a rindes y precios internacionales. Hoy, el debate incorpora variables ambientales, sociales y tecnológicas que redefinen la manera de producir. En ese escenario, la bioeconomía aparece como una alternativa concreta para repensar la matriz productiva desde una lógica más integral, donde la rentabilidad convive con la sostenibilidad ambiental.

Hablar de bioeconomía no es una moda pasajera ni un eslogan de marketing. Se trata de un enfoque que propone reorganizar los sistemas productivos a partir del aprovechamiento responsable de recursos biológicos, la ciencia aplicada y la articulación entre actores públicos y privados. En el campo argentino —marcado por su tradición agroindustrial y su capacidad tecnológica— el concepto abre oportunidades, pero también plantea desafíos reales.

La transición hacia una nueva matriz productiva exige revisar prácticas históricas, incorporar tecnologías apropiadas y, sobre todo, asumir que el agua, el suelo y la biodiversidad no son insumos infinitos. En ese punto, empresas como Rotoplas, dedicadas a soluciones de almacenamiento y manejo del agua, se integran a la discusión sobre producción sostenible con una mirada práctica: cómo garantizar recursos estratégicos en cada etapa del ciclo agrícola.

¿Qué es la bioeconomía y cómo se aplica en el campo?

La bioeconomía puede definirse como el modelo productivo que basa su desarrollo en recursos biológicos renovables —cultivos, residuos agrícolas, biomasa forestal, microorganismos— para generar alimentos, energía, insumos industriales y nuevos materiales. Se vincula directamente con la economía verde y la economía circular, dos conceptos que promueven reducir impactos ambientales y cerrar ciclos productivos.

En el ámbito rural, la aplicación es concreta. Por ejemplo:

  • Transformación de residuos de cosecha en bioenergía.
  • Producción de bioplásticos a partir de cultivos específicos.
  • Desarrollo de bioinsumos que reemplazan fertilizantes sintéticos.
  • Revalorización de efluentes pecuarios como fuente de energía o fertilidad del suelo.

La clave está en pasar de un esquema lineal —extraer, producir, descartar— a un esquema circular, donde los subproductos vuelven al sistema. Esa transición hacia la economía circular no es automática ni sencilla. Requiere infraestructura, conocimiento técnico y una planificación a mediano plazo.

En Argentina, provincias con fuerte base agrícola ya experimentan con biodigestores en establecimientos ganaderos, plantas de bioetanol vinculadas a la producción de maíz y proyectos de agregado de valor en origen. Estas experiencias muestran que la producción agrícola sostenible puede convivir con competitividad internacional.

Bioeconomía y desarrollo rural: más que una cuestión ambiental

Cuando se analiza la bioeconomía desde la perspectiva del desarrollo rural, el enfoque trasciende lo ecológico. No se trata solo de reducir emisiones o proteger suelos; también implica generar empleo, arraigo y diversificación productiva en territorios que muchas veces dependen de un único cultivo.

La bioeconomía promueve la producción agrícola sustentable, pero además incentiva la creación de cadenas de valor locales. Un ejemplo claro es la instalación de plantas de procesamiento de biomasa en zonas rurales. Estas inversiones no solo transforman residuos en energía o insumos industriales, sino que también crean puestos de trabajo calificados y demandan servicios técnicos.

En regiones donde el acceso al agua es irregular, contar con infraestructura adecuada marca la diferencia. Sistemas de almacenamiento en cisternas y tanques permiten asegurar riego, abastecimiento ganadero y procesos industriales vinculados a la producción agrícola sostenible. En términos simples: sin agua disponible, no hay diversificación posible.

Ahora bien, tampoco conviene idealizar el proceso. La adopción de prácticas asociadas a la bioeconomía puede requerir inversiones iniciales significativas. Pequeños productores enfrentan barreras de financiamiento y acceso a tecnología. Aquí es donde las políticas públicas y el acompañamiento del sector privado resultan determinantes.

Sostenibilidad ambiental: del discurso a la práctica

La sostenibilidad ambiental en el campo se construye con decisiones cotidianas. Manejo racional del agua, rotación de cultivos, reducción de agroquímicos, valorización de residuos. La bioeconomía integra estas acciones dentro de un marco estratégico más amplio.

Uno de los pilares es la gestión del recurso hídrico. En zonas agrícolas, la disponibilidad de agua no siempre coincide con los momentos de mayor demanda. Sequías prolongadas, lluvias intensas concentradas en pocos días y cambios en los patrones climáticos obligan a planificar con mayor precisión.

Contar con sistemas de almacenamiento adecuados —cisternas de gran capacidad, tanques elevados y soluciones de captación de agua de lluvia— contribuye a sostener la producción sostenible incluso en contextos adversos. Además, reduce la presión sobre acuíferos y cursos superficiales.

La bioeconomía también impulsa la reducción de desperdicios. En establecimientos mixtos, los residuos orgánicos pueden convertirse en biogás, fertilizantes o alimento para otros procesos productivos. Este enfoque fortalece la economía verde, donde cada componente del sistema tiene un valor potencial.

Sin embargo, la sostenibilidad no es un estado permanente; es un equilibrio frágil. Factores como la volatilidad de precios internacionales o eventos climáticos extremos pueden tensionar las decisiones productivas. Mantener prácticas responsables en escenarios de incertidumbre exige visión estratégica y compromiso.

Una nueva matriz productiva para el agro argentino

La noción de matriz productiva refiere a la estructura económica que define qué se produce, cómo y con qué nivel de agregado de valor. Durante décadas, el agro argentino se apoyó fuertemente en la exportación de materias primas. La bioeconomía propone avanzar hacia esquemas donde la biomasa se transforma localmente, generando nuevos productos y servicios.

Esto no significa abandonar la producción tradicional, sino integrarse en cadenas más complejas. Por ejemplo:

  • Aceites vegetales convertidos en biocombustibles.
  • Subproductos de la industria láctea transformados en ingredientes funcionales.
  • Cultivos energéticos destinados a plantas de generación eléctrica rural.

La transición hacia esta nueva matriz productiva implica coordinación entre productores, cooperativas, industrias y centros de investigación. También requiere infraestructura básica: almacenamiento, transporte, energía y acceso seguro al agua.

En este punto, el rol de soluciones técnicas adecuadas se vuelve concreto. Un establecimiento que apuesta por la diversificación productiva necesita garantizar un abastecimiento hídrico estable durante todo el año. Tanques de almacenamiento dimensionados correctamente y sistemas de captación eficientes forman parte de la ecuación de la producción agrícola sustentable.

Bioeconomía y economía circular: cerrar el ciclo en el campo

La relación entre bioeconomía y economía circular es directa. Ambas promueven reducir pérdidas y reintegrar subproductos al sistema. En el campo, este principio puede observarse en prácticas como:

  • Compostaje de residuos vegetales.
  • Reaprovechamiento de efluentes pecuarios.
  • Integración agrícola-ganadera para equilibrar nutrientes.

La lógica es simple: lo que antes era un descarte puede convertirse en recurso. En términos productivos, eso significa menor dependencia de insumos externos y mayor resiliencia frente a cambios de mercado.

No todo es automático. Implementar modelos circulares demanda planificación y monitoreo constante. Además, la escala influye: lo que funciona en un establecimiento mediano puede no ser viable en uno pequeño sin apoyo técnico. Reconocer estas diferencias aporta realismo al debate.

Agua y bioeconomía: un vínculo estratégico

En cualquier esquema de desarrollo sostenible, el agua ocupa un lugar central. La bioeconomía depende de la disponibilidad y calidad de este recurso. Sin una gestión adecuada, la promesa de una economía verde queda a mitad de camino.

En zonas agrícolas extensivas, la captación de agua de lluvia y su almacenamiento en cisternas puede marcar la diferencia entre sostener un cultivo o perderlo ante una sequía. En explotaciones ganaderas, el acceso constante al agua impacta directamente en la productividad y el bienestar animal.

Además, el tratamiento y reutilización de efluentes forman parte de una visión integral. Incorporar sistemas de almacenamiento y conducción adecuados no es un detalle menor: es una inversión estratégica para consolidar la producción agrícola sostenible.

Desafíos y perspectivas

La bioeconomía ofrece un marco prometedor para el desarrollo rural y la transformación de la matriz productiva. Sin embargo, su implementación requiere articulación entre sectores, acceso a financiamiento y estabilidad normativa.

El contexto internacional también influye. Las demandas de mercados externos por productos con menor huella ambiental presionan a los sistemas productivos para adoptar estándares más exigentes. Esto puede representar una oportunidad para quienes se anticipen, pero también un reto para quienes no cuenten con recursos suficientes.

Aun con estas complejidades, la dirección es clara: el futuro del agro se vincula con la sostenibilidad ambiental, la integración tecnológica y el uso responsable de recursos biológicos. La bioeconomía no resuelve todos los problemas, pero ofrece un marco para ordenar prioridades y generar valor en origen.

Pensar en una nueva matriz productiva implica mirar más allá de la próxima campaña. Significa planificar a largo plazo, invertir en infraestructura estratégica y asumir que el agua, el suelo y la biodiversidad son activos centrales. En esa transición, cada decisión cuenta. Y en el campo, donde cada temporada trae su propio desafío, apostar por la producción sostenible ya no es una opción decorativa: es una necesidad concreta.

Energía en el agro, las claves para la eficiencia productiva

El debate sobre energía en el agro dejó de ser técnico para volverse cotidiano. En campos grandes y chicos, la pregunta ya no es si el tema importa, sino cómo impacta en los números reales de cada campaña. El costo de los insumos, la distancia a los centros urbanos y la dependencia de combustibles fósiles empujan a repensar decisiones que antes pasaban desapercibidas.

Hablar de eficiencia productiva en actividades agropecuarias implica mirar más allá del rinde por hectárea. Incluye consumo eléctrico, disponibilidad de agua, tiempos operativos y mantenimiento de equipos. En ese combo, la energía aparece como un factor transversal que condiciona desde el riego hasta el almacenamiento, pasando por la climatización de galpones o el bombeo.

El escenario no es simple. Hay avances tecnológicos, pero también limitaciones de infraestructura, marcos regulatorios cambiantes y diferencias marcadas entre regiones. Reconocer esa complejidad permite evitar recetas únicas y pensar soluciones adaptadas a cada realidad productiva.

¿Qué es la energía en el agro?

Cuando se habla de energía en contextos rurales, se suele pensar solo en electricidad o gasoil. Sin embargo, el concepto es más amplio. Incluye todas las fuentes que permiten que un sistema productivo funcione, desde motores eléctricos y combustibles líquidos hasta alternativas limpias como la biomasa o la energía solar en el agro.

En una explotación agrícola o ganadera, la energía interviene en tareas clave:

  • Bombeo y distribución de agua para riego o consumo animal
  • Conservación de granos, frutas o lácteos
  • Procesamiento primario de materias primas
  • Iluminación y climatización de instalaciones

Cada una de estas acciones tiene un costo asociado y un impacto directo en la rentabilidad. Por eso, entender qué es la eficiencia productiva también implica analizar cómo se genera, se gestiona y se consume la energía dentro del establecimiento.

Eficiencia productiva: una mirada integral

Mejorar la eficiencia productiva no significa producir más a cualquier precio. Se trata de lograr el mismo resultado —o uno mejor— con menos recursos, cuidando la viabilidad económica y el entorno. En el agro, esto se traduce en decisiones concretas: elegir equipos adecuados, planificar turnos de trabajo y reducir pérdidas invisibles que se acumulan campaña tras campaña.

En muchos casos, el primer paso es medir. Sin datos sobre consumo energético, resulta difícil identificar desvíos o comparar alternativas. Medidores, registros periódicos y controles simples permiten detectar, por ejemplo, bombas sobredimensionadas, motores con mantenimiento atrasado o sistemas de riego que trabajan más horas de las necesarias.

También entra en juego la gestión del agua. Soluciones de almacenamiento confiables, como cisternas y tanques de gran capacidad, ayudan a ordenar la demanda energética, evitando arranques constantes de bombas y mejorando la previsibilidad operativa. En zonas con suministro irregular, este punto marca una diferencia clara.

Energía renovable en el agro: oportunidades y límites

La energía renovable en el agro ganó terreno en la última década, impulsada por la baja de costos y la necesidad de independencia energética. Paneles fotovoltaicos, biodigestores y sistemas híbridos aparecen cada vez más en campos argentinos, sobre todo en regiones alejadas de la red.

La energía solar en el agro es una de las alternativas más difundidas. Permite alimentar bombas de agua, cercos eléctricos, sistemas de monitoreo y hasta pequeñas plantas de procesamiento. Su principal ventaja es la previsibilidad: el sol está disponible incluso donde no llegan otras fuentes.

Claro que no todo es lineal. La inversión inicial, el espacio requerido y la necesidad de un diseño acorde al consumo real son factores a considerar. Además, la generación intermitente obliga a pensar en almacenamiento, ya sea en baterías o en reservas de agua que actúen como respaldo operativo.

Cómo ahorrar energía en el agro sin improvisar

Hablar de cómo ahorrar energía en el agro no implica apagar todo y cruzar los dedos. Las mejores prácticas parten de ajustes concretos y sostenidos en el tiempo:

  • Mantenimiento regular de motores y bombas, evitando pérdidas por fricción o fallas menores.
  • Adecuación de la potencia instalada a la demanda real, un error común en instalaciones antiguas.
  • Automatización básica de riego y bombeo, alineando horarios con tarifas y necesidades del cultivo.
  • Aislamiento térmico en salas de ordeñe, galpones o depósitos, reduciendo consumo eléctrico.

Estas acciones no requieren tecnología compleja, pero sí constancia y planificación. En muchos casos, el ahorro aparece en detalles que suelen pasarse por alto durante la rutina diaria.

Tecnologías para el agro: aliados silenciosos

Las tecnologías para el agro vinculadas a la gestión energética avanzan a un ritmo desigual, pero ofrecen herramientas concretas. Sensores de consumo, sistemas de monitoreo remoto y plataformas de gestión permiten visualizar lo que antes era invisible.

En riego, por ejemplo, el cruce de datos climáticos con consumo eléctrico ayuda a ajustar frecuencias y volúmenes. En ganadería, el control automatizado de bebederos reduce desperdicios de agua y energía. Son mejoras graduales, pero acumulativas.

Aquí también aparece una dosis de incertidumbre. No todas las soluciones se adaptan a todos los campos, y la conectividad sigue siendo un cuello de botella en muchas zonas. Aun así, la tendencia es clara: medir y gestionar se vuelve parte del día a día productivo.

Agua y energía: una relación inseparable

En el agro, agua y energía caminan juntas. Bombear, almacenar y distribuir agua requiere planificación energética. Sistemas de almacenamiento adecuados permiten desacoplar la demanda hídrica del consumo eléctrico inmediato, algo clave en contextos de tarifas variables o generación solar.

Contar con tanques y cisternas de calidad aporta resiliencia operativa. Ante cortes de suministro o picos de demanda, el productor gana margen de maniobra. Además, reduce el desgaste de equipos y ordena los flujos de trabajo.

Este enfoque integral conecta con las mejores prácticas para el agro, donde cada decisión técnica tiene impacto en varias áreas del sistema productivo.

Mirar hacia adelante con los pies en la tierra

La transición energética en el sector agropecuario no sigue un camino único. Depende del tamaño del establecimiento, la región, el acceso a financiamiento y la infraestructura disponible. Reconocer esas diferencias evita expectativas poco realistas y permite avanzar paso a paso.

Pensar la eficiencia energética en el agro como un proceso —y no como una meta cerrada— ayuda a tomar decisiones más sólidas. A veces, el mayor avance no está en incorporar lo último del mercado, sino en ordenar lo que ya existe y hacerlo funcionar mejor.

De la Economía Circular al Futuro de la Industria Agrícola

La producción agrícola siempre estuvo marcada por un desafío recurrente: cómo obtener más sin deteriorar los recursos naturales. Durante décadas, el esquema tradicional de “producir, usar y desechar” dominó la actividad, pero hoy ese modelo empieza a mostrar sus límites. Entre el aumento de la demanda global y el impacto ambiental de los desechos, la necesidad de repensar las formas de producir se volvió urgente.

En este contexto aparece con fuerza la economía circular, un enfoque que no solo se limita al reciclaje, sino que plantea un cambio profundo en la manera de concebir los procesos agrícolas. Desde el aprovechamiento de residuos orgánicos hasta la generación de bioenergía a partir de subproductos, el concepto de “cerrar ciclos” empieza a sonar con fuerza en campos de todo el país.

La pregunta, entonces, es clara: ¿cómo puede este modelo beneficiar a productores, comunidades y al ambiente? La respuesta no es lineal, porque depende de múltiples factores —desde la escala productiva hasta el acceso a tecnologías—, pero lo que sí queda claro es que los beneficios economía de aplicar la circularidad en la agricultura son cada vez más visibles y medibles.

¿Qué significa aplicar la economía circular al agro?

En términos simples, se trata de darle una segunda vida a lo que antes se consideraba desecho. Restos de cosechas, estiércol, agua de procesos industriales, subproductos del maní, cáscaras de frutas o incluso plásticos agrícolas como silobolsas pueden reincorporarse en la cadena productiva.

El objetivo no es solo reducir la basura, sino transformar cada residuo en insumo. Esto exige un rediseño del sistema productivo: pensar qué se genera, qué se descarta y qué puede volver a integrarse.

Un ejemplo concreto: los biodigestores que convierten estiércol animal en energía eléctrica y fertilizantes. Este tipo de tecnología está cada vez más presente en provincias como Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, donde el cruce entre ganadería intensiva y agricultura ofrece materia prima para múltiples usos.

Los beneficios economía de la circularidad

La economía circular en el agro no es solo un gesto ambiental, también tiene una fuerte dimensión económica. Entre los principales beneficios se destacan:

  • Ahorro de insumos: al reciclar nutrientes y materia orgánica, los productores reducen la compra de fertilizantes químicos.
  • Nuevas fuentes de ingresos: los residuos agrícolas pueden venderse como materia prima para biocombustibles, ladrillos o plásticos reciclados.
  • Menor dependencia externa: al generar su propia energía o fertilizantes, el campo gana autonomía frente a precios internacionales.
  • Revalorización de la tierra: prácticas circulares como el compostaje mejoran la calidad de los suelos y sostienen la productividad en el tiempo.

En pocas palabras, la circularidad transforma costos en oportunidades. Y esa lógica es lo que está marcando la diferencia en distintas regiones del país.

Impacto ambiental: menos desechos, más equilibrio

Uno de los aspectos más potentes de este enfoque es su capacidad de reducir la huella ambiental de la agricultura. Mientras el modelo lineal genera toneladas de residuos sin destino claro, la circularidad busca reintegrarlos en el ecosistema productivo.

Por ejemplo, en la provincia de Córdoba, varias empresas procesadoras de maní encontraron en la cáscara —antes descartada— una fuente para producir electricidad. Lo mismo ocurre con los purines de criaderos porcinos, que alimentan biodigestores capaces de abastecer redes eléctricas locales.

El resultado es un doble beneficio: se disminuyen los desechos contaminantes y, al mismo tiempo, se genera energía limpia. Esto ayuda a mitigar emisiones y reduce la presión sobre fuentes de energía fósil.

Casos concretos en Argentina

  • ACA BIO: desde 2017, la Asociación de Cooperativas Argentinas recicla silobolsas y bidones plásticos para convertirlos en pellets que abastecen a la industria del plástico.
  • Prodeman (Córdoba): transforma cáscaras de maní en energía eléctrica y cenizas reutilizadas en la fabricación de ladrillos para la construcción.
  • BIO 5: en Santa Fe, una experiencia de integración que va desde el cultivo de maíz hasta la producción de bioetanol y biogás, cerrando un ciclo completo de aprovechamiento.

Estos casos muestran que no se trata de una teoría, sino de prácticas concretas que ya están operando a gran escala.

El desafío de la implementación

Claro que no todo es tan simple. Llevar la economía circular al agro requiere inversión inicial, acceso a tecnología y cambios culturales en los productores. No todos cuentan con los mismos recursos, y la brecha entre grandes y pequeños establecimientos aún es un tema pendiente.

Además, hay un aspecto normativo clave: se necesitan políticas públicas que incentiven la circularidad. Créditos blandos, programas de capacitación y marcos regulatorios claros son esenciales para que este modelo se expanda más allá de experiencias aisladas.

Agua y circularidad: un punto crítico

Cuando se habla de circularidad en el agro argentino, no se puede dejar afuera el tema del agua. El riego eficiente, la reutilización de aguas residuales tratadas y la reducción de pérdidas en la conducción son parte del esquema.

En un país donde la disponibilidad hídrica varía tanto entre regiones, la gestión inteligente del agua se vuelve central. Allí entran en juego tecnologías como tanques de almacenamiento, plantas de purificación y sistemas de tratamiento, que permiten darle múltiples usos a un recurso cada vez más escaso.

Perspectivas hacia el futuro

Si bien todavía queda camino por recorrer, todo indica que la economía circular será un eje central de la agricultura del futuro. El crecimiento de la bioeconomía, la presión internacional por prácticas más sostenibles y la necesidad de reducir costos están alineando a productores, empresas y gobiernos.

En este sentido, la circularidad no solo es una opción “verde”, también es una estrategia de competitividad. Y quienes la adopten temprano tendrán ventajas en los mercados globales, cada vez más exigentes en materia ambiental.

¿Cómo la industria alimentaria puede reducir su huella hídrica?

El uso del agua en la industria alimentaria es un tema preocupante debido a la escasez de ese recurso. La producción de alimentos requiere un volumen importante de agua: se necesitan alrededor de 25.000 litros para crecer y producir el suministro diario de alimentos para una familia de cuatro personas.

Agua y producción de alimentos

Debido al rápido crecimiento del desarrollo humano y de la población, el valor del agua como recurso precioso y finito está siendo cada vez más reconocido, particularmente en la industria de fabricación de alimentos y bebidas, donde se depende en gran medida de ella.

La creciente escasez de agua, debido al aumento de la demanda mundial, está afectando ambiental y socioeconómicamente a varias regiones y países, lo que a su vez plantea un mayor riesgo para la producción mundial de alimentos y bebidas. Factores como la disponibilidad limitada de agua dulce y la falta de agua superficial y subterránea a raíz de la sequía ha causado muchos problemas de escasez, ejerciendo una gran presión sobre las actividades industriales y aumentando los costos operativos de las plantas. También está el problema de la escorrentía química, que contamina varias fuentes de agua limpia.

Para garantizar una producción segura de alimentos con una huella ambiental limitada para una población en constante crecimiento, la industria de alimentos y bebidas debe adoptar una estrategia adecuada de gestión del agua utilizando tecnología de tratamiento avanzada para lograr ahorros de agua y soluciones de cero descargas de agua.

¿Cómo afecta el uso del agua a la sostenibilidad de la industria de alimentos y bebidas?

Durante el proceso de fabricación de alimentos y bebidas, el agua se utiliza para fines de producción, refrigeración, generación de vapor y limpieza, por nombrar algunos procesos. De hecho, investigaciones recientes en el procesamiento de alimentos y bebidas han demostrado que el 66% del agua no producida se utiliza en la limpieza in situ (CIP) y en intercambiadores de calor como torres de enfriamiento El tercio restante se divide entre limpieza manual, saneamiento y demandas de servicios públicos diversos.

Los crecientes costos de las tarifas de descarga de agua de proceso y aguas residuales, una legislación ambiental más estricta, el avance del estrés hídrico y la creciente conciencia social están obligando ahora a los fabricantes a implementar programas de conservación y reutilización del agua, así como sistemas de agua de circuito cerrado para lograr ahorros operativos en energía. Hay que reconocer que sectores de la industria de fabricación de alimentos y bebidas han adoptado una serie de estrategias de reciclaje y reutilización del agua.

regadores regando el campo

¿Qué tecnologías pueden utilizar las empresas fabricantes de alimentos y bebidas para gestionar eficazmente el uso del agua?

La gama de opciones de tratamiento de agua disponibles para la industria de alimentos y bebidas puede ayudar a las organizaciones a reducir el consumo de agua, con distintos métodos disponibles según los objetivos individuales del procesador de alimentos/bebidas.

Las empresas de tratamiento de agua y aguas residuales están desarrollando estrategias que combinan tecnologías nuevas y establecidas, junto con productos químicos ecológicos para ayudar a la industria a cumplir con una variedad de medidas de conservación y reutilización.

Uno de los primeros pasos en un programa de reducción del uso de agua es desarrollar una comprensión de cómo se utiliza actualmente el agua en una instalación de procesamiento de alimentos. Se puede realizar un balance hídrico o auditoría para rastrear la entrada y salida de agua utilizada en toda una instalación. 

  • Minimizar el uso del agua. Se deben considerar cuatro áreas principales (proceso, equipo, instalaciones y personal) en las instalaciones de procesamiento de alimentos para minimizar el uso de agua.
  • Reciclaje. El reciclaje local ocurre cuando el agua se recicla total o parcialmente dentro de una operación o proceso en particular. El reciclaje de área describe cuando el agua se reutiliza en una operación separada de su uso original.
  • Alternativas sin agua. Las alternativas de proceso que no utilizan agua pueden sustituirse por aquellas que sí lo hacen. La molienda en seco es un proceso alternativo para reemplazar la molienda en húmedo. Las operaciones de limpieza que utilizan hielo seco, aspiradoras o barredoras para limpiar sólidos son una alternativa al lavado con agua. El uso de una escoba para empujar los sólidos hacia un desagüe o recipiente es una alternativa al uso de agua para la misma tarea. Las alternativas de proceso sin agua pueden generar importantes ahorros en el uso de agua.
  • Alternativas con agua. Estas tecnologías deben cumplir con estrictos estándares de purificación que garantizan que el agua potable esté libre de posibles bacterias y virus que puedan entrar en contacto con alimentos y bebidas, garantizando que sea segura para el consumo y el uso general. Las tecnologías utilizadas por el sector de alimentos y bebidas para controlar eficazmente el uso del agua incluyen:
  • Desinfección con ozono. Cuando se utiliza como agente desinfectante alternativo, el ozono permite reutilizar el agua con un tratamiento mínimo y sin daños ambientales. Esto se debe a que el ozono se descompone naturalmente.

Rotoplas junto a la industria alimentaria

Otras tecnologías que ayudan a reducir la huella hídrica en la industria alimentaria son:

Tanques de almacenamiento de agua. Los tanques de almacenamiento de agua eficientes, que no presentan roturas, ni fisuras y que mantengan la calidad del agua y de los productos almacenados son indispensables en la industria alimenticia.

Rotoplas ofrece una amplia gama de productos para almacenar agua como los tanques verticales o tanques horizontales con capacidades de 500 a 5000 litros. Estos tanques se distinguen por ser extremadamente resistentes, fáciles de transportar e instalar  y muy duraderos.

También en el catálogo de Rotoplas se ofrecen soluciones para el tratamiento de aguas, como los Biodigestores Autolimpiables Rotoplas que son excelentes opciones para tratar el agua de forma eficiente y ecológica.

Más información sobre tanques de almacenamiento de agua en: Tecnologías innovadoras en almacenamiento de agua: Tanques y cisternas

Productos Rotoplas: agua limpia y saneamiento

La provisión de servicios de agua potable y saneamiento es una cuestión de salud pública y ambiental. El agua limpia en cantidad suficiente también es de suma importancia para la agricultura, la industria y el medio ambiente. Garantizar el agua limpia y saneamiento es uno de los objetivos de Desarrollo del Milenio, promovido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para 2030. Conocé la importancia de este objetivo y porque Rotoplas es un excelente aliado para alcanzarlo.

De qué trata el objetivo de la ONU de agua limpia y saneamiento

Con el cambio climático como una de las principales causas, los desastres relacionados con el agua se han convertido en un problema grave en más lugares. Las corrientes de aire y la escasez de agua están empeorando en algunas partes del mundo, lo que tiene un impacto negativo en la biodiversidad y en la vida de las personas. A nivel mundial, una de cada tres personas no tiene acceso a agua potable segura, aunque es un derecho humano básico.

La demanda de agua está aumentando debido al rápido crecimiento de la población, la urbanización y las crecientes necesidades de agua de los sectores de la agricultura, la industria y la energía.

Décadas de mal uso, mala gestión, extracción excesiva de agua subterránea y contaminación de los suministros de agua dulce han exacerbado el estrés hídrico. Además, los países enfrentan desafíos crecientes relacionados con la degradación de los ecosistemas relacionados con el agua, la escasez de agua causada por el cambio climático y la  inversión insuficiente en agua y saneamiento.

Las presiones más importantes sobre los recursos hídricos son la contaminación, por ejemplo procedente de la agricultura, así como los vertidos de aguas residuales industriales y municipales sin tratar o tratadas insuficientemente, y las alteraciones hidrológicas o físicas de las masas de agua. Proteger la calidad de los recursos hídricos y garantizar su uso sostenible y eficiente son elementos prioritarios.

Acceso al agua potable y saneamiento

El abastecimiento de agua potable y el tratamiento adecuado de las aguas servidas son asuntos de salud pública y ambiental. Como recurso vital, el agua se considera un bien público. Contar con servicios de calidad es una cuenta pendiente en muchos lugares del planeta.

La contaminación a causa de el uso de pesticidas, el vertido accidental de sustancias nocivas y el vertido de aguas residuales domésticas e industriales no tratadas o insuficientemente tratadas, pueden suponer una amenaza para la salud humana y medioambiental.

Usos del agua de lluvia en la industria ganadera

La escasez de agua socava la seguridad alimentaria y los ingresos de los agricultores rurales, mientras que la mejora de la gestión del agua hace que las economías nacionales, la agricultura y los sectores alimentarios sean más resistentes a la variabilidad de las precipitaciones y capaces de satisfacer las necesidades de una población en crecimiento.

Para alcanzar el acceso universal al agua potable, el saneamiento y la higiene para 2030, entre las muchas metas que tiene el objetivo de garantizar el agua limpia y saneamiento de la ONU, se destaca:

– la importancia de minimizar la presencia de productos químicos y materiales peligrosos del agua,

-disminuir las aguas residuales, aumentar el reciclaje y la reutilización a nivel mundial.

Ambos aspectos son claves cuando se habla del sector agroindustrial. También lo son cuidar el agua y utilizar soluciones eficientes que permitan un ahorro notable de ese recurso. Algunos ejemplos son los productos Rotoplas.

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Productos Rotoplas que ayudan a tener más y mejor agua

Los tanques de almacenamiento de agua Rotoplas son muy importantes para proporcionar agua limpia y segura en el contexto rural. Ofrecen seguridad y disposición de agua en todo momento.

A menudo, los tanques de almacenamiento se colocan en el techo de los edificios o se ocultan en la parte trasera, por lo que es fácil pasarlos por alto. Los Tanques de almacenamiento Rotoplas para exteriores son excelentes opciones para el campo. Se adaptan a todo tipo de construcciones y contextos.

La Línea Agroindustria de Rotoplas está destinada al transporte de bebidas, captación pluvial, almacenamiento de agua para consumo humano y/o animal, tareas de riego y almacenamiento y alimentos.

Por ejemplo, en los Tanques de almacenamiento Rotoplas para exteriores se pueden almacenar distintos tipos de fluidos (más de 300), agua, aceites, combustibles y fertilizantes.

Otras opciones son los Tanques Verticales para Interiores y los Tanques Verticales Contra Incendios. Ambas alternativas son perfectas para el contexto rural. Permiten almacenar agua para todo tipo de usos, sobre todo en caso de emergencia. Sus capacidades son muy amplias desde los 5,000 hasta los 25,000 litros.

Los Biodigestores Rotoplas ayudan a cuidar el agua, gracias a su novedoso sistema de auto limpieza. Resistente y pensado para zonas en donde no hay saneamiento, es una alternativa ecológica, práctica y eficiente.

Dispositivo de acondicionamiento de agua Rotoplas. Otra solución eficiente es este dispositivo que se coloca entre el tanque y la entrada de agua del suministro de tu hogar. Al colocar este dispositivo el agua será más segura, transparente, insípida e inodora. Su función es evitar que sólidos y contaminantes entren a las tuberías del hogar a través del agua.

Cisterna Rotoplas. La Cisterna Garantía de por vida Rotoplas ha sido fabricada con pead (polietileno lineal de alta densidad). Almacena agua por más tiempo, de forma segura. Sus capacidades son de 1200 a 10 mil litros.